La casa rota

Me despertó un ruido extraño, uno que en la casa nunca antes lo había escuchado; el gato, que estaba al lado mío, dormía apacible, por lo que presté mucha atención debido al miedo de que alguien ajeno hubiera entrado. Luego de un rato pude identificar que el ruido provenía del piso de abajo; me senté en la cama, me levanté sin calzarme y avancé despacio, primero el pasillo, luego la escalera y en cada escalón el latir del corazón, tan rápido y tan fuerte que imaginé que quien fuera que estuviera abajo podría escucharlo, más no fue así.

Al llegar a la planta baja, comprobé que no había nadie, que los únicos que estábamos en casa éramos el gato, yo y el ruido. Era como el crujir que se escucha cuando tiembla, ese desgarro que viene desde lo profundo de la Tierra; de pronto, la casa comenzó a moverse, mi peor pesadilla estaba sucediendo, temblaba y yo estaba dentro. Como pude llegué a la puerta y salí.

Afuera todo estaba en calma, con esa quietud de los domingos por la tarde frente al televisor encendido donde se gestan de a poco las ganas de dormir. Nada se movía, ni el piso, ni los cables, ni las hojas de los árboles, nada. Lo único que sé tambaleaba era mi hogar, el único que tengo. 

Desde lejos ví nacer una grieta que surgió de la habitación donde hace unos instantes dormía, dibujándose como un rayo hasta llegar a los cimientos. Luego, un crac y la casa quedó de lado, rota.

Han pasado dos días, sigo afuera, sentada desde la esquina contemplo la casa rota, por momentos dudo si estoy en un sueño o si es real. Me pregunto si podré habitarla de nuevo, o si es momento de lanzar la llave a la coladera que está al cruzar la calle.

El gato, se quedó adentro.



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