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Compré flores para mi padre, y de pronto sentí, que no hay cosa más triste que regalarle flores a un muerto.

A 68 días de su muerte no logro entender cómo es que pasaron las cosas, cómo es que la vida se escapa en un suspiro y cómo es que ese último suspiro del cual él me hablaba —de cuando su madre murió en sus brazos— pudo alcanzarlo a él. 

Sigo sin entender cómo la muerte puede llegar a ser tan hija de puta y tan indiferente al dolor, sin importarle cuánto duela, sin importarle dejarnos huérfanos de padres, de hijos, de hermanos, de amigos, de amores.

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